PRÓLOGO A LA TETRALOGÍA DE LOS DERROTEROS DE EMIL GARCÍA CABOT. Por Dra. Marcela del Río Reyes

Escribir el prólogo para una novela presenta una doble tarea, en primera instancia, la de ofrecer una introducción que prepare al lector para lo que esta le brinda, y en segunda, hacerlo sin por ello adelantar los sucesos que el lector deberá ir descubriendo a lo largo de su lectura. Y ya que el texto de un prólogo no entra ni dentro de la categoría del ensayo crítico, ni de la reseña periodística, mi propósito será limitarme a lo que es su forma, sin tocar el contenido anecdótico de los sucesos, o sea, la relación de acontecimientos que se relatarán en el texto novelístico. Por ello, me enfocaré solo en la técnica de la escritura, las estrategias discursivas del autor, especialmente en lo que tienen de innovación textual, de riqueza narrativa y, muy especialmente, en su estructura novelística, el discurso y su representatividad metafórica, dejando al lector la aventura del descubrimiento de los sucesos que les ocurren a los personajes de esta, que como se verá, es una saga familiar.

El autor, Emil García Cabot, ofrece al lector un texto que bien puede presentarse en forma de novela en cuatro partes, o como lo ha preferido él, en el de cuatro nouvelles, o novelas cortas, unidas por un eje común, de ahí la categoría, que conlleva su nombre, de  Tetralogía, siguiendo por un lado la tradición griega de las trilogías, de Esquilo o Sófocles –de tres tragedias independientes, unidas en un tema o historia de un personaje o de una familia–, y por el otro, la tradición de los derroteros, como lo expresa Domingo Faustino Sarmiento, citado en el epígrafe: “los mitos populares, están reconcentrados en toda América en leyendas manuscritas que se llaman derroteros.” En síntesis, se trata de una saga en cuatro partes o nouvelles, que relata la trayectoria de una familia, y que en su conjunto funciona como metáfora de los ires y venires políticos de Argentina, en un ciclo histórico que comprende al menos tres cuartas partes del siglo XX.

En cuanto a la estructura, hay que señalar que las dos primeras nouvelles, están divididas en capítulos, la primera, con números arábigos, y la segunda, con números romanos. La tercera, Fondo y contrafondo, no solo no tiene divisiones numeradas, sino que, a pesar de ser la que más narradores tiene, hay solo dos “puntos y aparte”, el primero, después de una cita y el segundo, al final de la nouvelle. La cuarta, Fuegos cruzados, en cambio, tiene solo unos cuantos espacios entre sección y sección, sin numeración alguna.

Lo primero que el lector imagina, al comenzar a leer Los sueños, es que la estructura de las historias de los personajes terminarán formando una especie de estrella, en la que cada punta irá orientada hacia horizontes distintos. Sin embargo, en cuanto el lector comienza con la lectura de la segunda nouvelle, El salto atrás, el panorama cambia, y se vislumbra que las narraciones de cada personaje son piezas de un rompecabezas, y que para encontrar la forma total, habrá que reunir todas las piezas para así, poder completar una forma determinada. Sin embargo al comenzar la tercera nouvelle, Fondo y contrafondo, la visión del lector vuelve a dudar de que las piezas del rompecabezas formen una sola figura, más bien percibe que las varias figuras cambian de forma, ya que lo que un personaje narra de un acontecimiento, en una parte de la narración, en las subsiguientes, otro personaje lo narra de forma distinta, según su perspectiva; y así al llegar a la cuarta parte de la tetralogía, Fuegos cruzados, las historias se han modificado, enriquecido, transformado, como las figuras de un caleidoscopio que se forman y desforman sin cesar, y es el lector quien va colocándolas en el lugar que les corresponde dentro del paisaje total, siempre en movimiento, haciéndose y deshaciéndose y volviendo a hacerse la historia total, como una bola de nieve que rueda en una montaña que va creciendo y cambiando sus formas, a lo largo de su camino, pero todas ellas incluidas dentro de un círculo del caleidoscopio que las contiene, que en este caso, está representado por la casona de la estancia familiar que su dueño nombró: La Imperiosa. De ahí que dentro de esta primigenia forma circular, la tetralogía se inicie en Los sueños, describiendo la casona que Rómulo, el soldado desertor que tiene sueños de grandeza, ordenó construir, y termine, en la última, Fuegos cruzados, con el nombre de la estancia: La Imperiosa, como palabra final.

Así pues, esta tetralogía, podría definirse como el caleidoscopio de una familia de inmigrantes, en donde los derroteros de cada pieza, van creando rompecabezas distintos y diferenciables en su forma, aunque no en su esencia. El propio personaje de Matías confiesa esa sensación de sentirse parte de un caleidoscopio, en Fuegos cruzados:

…todo lo veo como a través de un prisma de espejos, un caleidoscopio en el que los pequeños y variados trozos de objetos contenidos en su interior, forman las improvisadas figuras que vuelven a cambiar al primer movimiento, al primer giro hacia derecha o izquierda, a veces en dobles o múltiples figuraciones de imprevistas tonalidades o diversos colores, reflejos más que realidades asociables con algo ya conocido, pero que de algún modo adquieren una significación rayana en una suerte de escamoteo y su consiguiente desconcierto.

La familia creada por el español Rómulo Guzmán Cruz, ex Capitán del ejército que luchaba contra las tribus nativas del “legendario Sur” de la Patagonia, está formada por la esposa Cassandra Griffith, y sus dos hijos, Eugenio y Sebastián, ocho años menor que Eugenio. Cassandra y su hermano Aaron, provienen de padres inmigrantes galos, Helen y Alfie Griffith. Obviamente, la familia se expande al casarse los hijos de Rómulo y Cassandra. Eugenio, se casa con Ofelia y, finalmente, Sebastián, se casa con Sonia y tiene un hijo: Matías. Hay un personaje femenino en la hacienda que no es de la familia, que se convierte en portadora de la historia familiar: Benita, el ama de llaves, cocinera, nana, ayudante de cámara, en suma, es el estandarte de la memoria, lo que la convierte en una especie de catalizador, que le permite a la hacienda seguir funcionando, aun en sus peores momentos.

Otra estrategia discursiva, es la dimensión sígnica que le otorga a sus personajes protagónicos, a través de sus nombres. Como se ha dicho antes, Rómulo en la tetralogía es el fundador de La Imperiosa (nombre que ya en sí, contiene la palabra “imperio”), y en la historia grecoromana, Rómulo fue el fundador de Roma, ciudad que fue el centro del Imperio Romano. Su esposa, Cassandra, en la tetralogía tiene premoniciones de sucesos futuros que ella misma trata de no creer, y en la mitología griega, Cassandra fue una sacerdotisa de Apolo, a quien el dios le otorga el don de la adivinación, pero cuando ella rechaza su amor, Apolo la maldice y aunque le deja conservar ese don, agrega que a partir de ese día, nadie creerá jamás en sus profecías. El nombre de Eugenio, deriva del griego eu=bien y genio=origen, lo que significa “De buen origen” o “El bien nacido”. En la tetralogía, es el primogénito, quien escribe la historia familiar, y en la religión católica, San Eugenio, escritor y poeta, fue Arzobispo de Toledo, y desde su cátedra toledana impulsó la cultura y celebró los concilios VIII, IX y X de esa ciudad. En cuanto al nombre de Sebastián, en la religión católica, San Sebastián es el santo más reproducido en la historia del arte plástico. Y en la tetralogía, a Sebastián se le define con grandes dotes para la pintura. Sobre el nombre de su esposa, Ofelia, la conexión con el Hamlet de Shakespeare es obligada. En la tetralogía, se mantiene el referente a la locura. Y en lo relativo a Matías, en la tetralogía, es el hijo que se siente como un apéndice que fue incrustado en la vida familiar, tal como en la historia católica, Matías, es el apóstol que no recibió el nombre de apóstol por la voz de Jesús, sino que, para completar los doce apóstoles previos a la traición de Judas Iscariote, fue incrustado en la historia apostólica como su sustituto. En cuanto a Benita, el significado mismo de su nombre es suficientemente sígnico, ya que significa: bendecida. En la religión católica ese nombre está unido al ritual de la bendición cristiana, del sacerdote que media entre lo humano y lo divino para atraer bonanza, bienestar y ventura a la persona bendecida, y por tanto, podrá ser trasmisora de esas dichas a quienes la rodean.

Se hace necesario precisar qué tipo de narradores son los que tienen las cuatro nouvelles, ya que cada una tiene una diferente estrategia narrativa. Tal como la visión de la estructura se modifica de nouvelle  en nouvelle, así también sufren modificaciones las voces narrativas. En Los sueños, el relato lo inicia un narrador de apariencia omnisciente, aunque en ocasiones se transforma en narrador­-puente que repite lo escuchado, por voces a veces individuales y otras colectivas.

En la segunda, El salto atrás, la voz narrativa habla en primera persona. Su monólogo recorre espacios y tiempos, sin orden, en un fluir de la consciencia del narrador, Eugenio Guzmán Griffith, quien contrae matrimonio con Ofelia.

En la tercera, Fondo y contrafondo,  comienza una voz omnisciente, que narra la vida de Sebastián, en letra cursiva, y se va mezclando con otras voces que narran en primera persona, en forma de monólogos interiores y que son los personajes de la vida de Sebastián, que se alternan, sin separación alguna, y cuyas voces solo se diferencian por el tipo de letra que cambia según el personaje hablante. El lector deduce de quién es la voz solo por el discurso de cada personaje.

En la cuarta, Fuegos cruzados, el narrador, Matías, –hijo de Sebastián y Sonia–, es quien también narra en forma de monólogo interior, su vida en Buenos Aires y los referentes son los abuelos y los personajes de sus distintos círculos sociales, cuyos monólogos se insertan en el de Matías, sin separación alguna, ni cambio de tipo de letra.

En suma, el juego de narradores que maneja el autor, hace de su tetralogía una forma de expresión narratológica innovadora, al tiempo que continuadora de las formas postmodernas de la narrativa contemporánea latinoamericana y europea, en forma muy personal que evita todo lo superfluo, y en las que comprime la historia política de Argentina, unida a la vida del universo interior del ser humano y de sus avatares, con una técnica que, como dijo Bertha Bilbao, en la que se hace “notorio el aprovechamiento del legado de Faulkner, de James Joyce y de Henry Miller”.[1]

En cuanto al discurso autoral, éste se trasmina en lo que cuentan los personajes de las épocas anteriores, se ofrece como una realidad hipotética. Y esta es una de las características notables del discurso narrativo del autor, sin embargo dicho discurso se centra en las reflexiones y sentimientos que despiertan los hechos en los personajes, y no en los relatos de las acciones mismas. Un claro ejemplo es la reflexión de Sebastián sobre la transformación de su relación con Sonia:

¿Qué mala hierba empezó a germinar entre Sonia y yo a tan pocos años de una casi convivencia permanente? ¿Qué es lo que un día anula las caricias y sella las bocas para las palabras y los besos, y hasta el hijo del amor –el supuesto hijo del amor– deja de serlo y en vez de alguien que une es alguien que separa? ¿Qué hilos traman la historia de uno?

Lo que se destaca también notablemente, es la capacidad que muestra García Cabot de hacer que sus personajes sean capaces de verse a sí mismos, hegelianamente, desde la mirada del Otro, y así lo da a entender en Fondo y contrafondo,  cuando Sebastián afirma que: «uno es uno y puede ser también los demás al mismo tiempo.»

En lo relativo al contexto histórico, puede señalarse que el llamar a la tetralogía: Los derroteros, es sígnico, porque no solo implica los caminos que sigue cada uno de los personajes protagónicos, sino su correspondencia con el camino que siguen los conquistadores primero, los gobernantes en el virreinato después y los inmigrantes llegados de múltiples países, para poblar los territorios inmensos de la hoy llamada Argentina, con sus anhelos y su codicia. En Los sueños: la búsqueda del oro como representación de la ambición humana, el deseo de poder, y la enajenación que conlleva; en El salto atrás: el pasado familiar y su falta de contacto con las nuevas generaciones, exponiendo inconformidades, incluso las nostalgias de los inmigrantes, por la vida que dejaron en sus respectivos países; en Fondo y contrafondo: los contrastes vitales: vida del campo vs. vida citadina, riqueza vs. pobreza; desorden vs. orden, aridez y sequía vs. fertilidad y abundancia, cordura vs. locura, pérdida de los vínculos familiares vs. búsqueda de una razón de vida, y en palabras de Sebastián:

Y entonces, la vida de uno ¿qué es?, cabría preguntarse. ¿Insustancialidad, dislocación, arrojo, vileza? Como si ya no tuviéramos bastante de eso en el día a día de nuestra maltrecha existencia…

hasta llegar a la denuncia de la corrupción y las batallas políticas y sociales en su lucha por el poder, aunque hay que hacer notar el hecho de que el autor nunca intenta influir ideológicamente en el lector, deja a cada personaje la responsabilidad de sus reflexiones políticas y, finalmente –en Fuegos cruzados–  las preguntas eternas ¿quien soy, de dónde vengo y adonde voy?, la búsqueda de las raíces en un “confuso extrañamiento” como lo describe Matías, al inicio de la nouvelle:

…solía preguntarme qué era la vida, y más que nada, qué era estar vivo, abrir los ojos, ver, oír y oler lo del mundo que nos rodea, raras como me parecían las impresiones que los sentidos despertaban en mí, preguntándome, además, por qué todo lo que ocurría y se movía a mi alrededor me parecía, a la vez, tan extraño e inverosímil, y qué hacía yo entre lo mudable y lo permanente, más allá de contemplarlo azorado y hacerme tantas preguntas sin fundamento ni respuesta.

No faltan, dentro del texto, la crítica política que pone de manifiesto la problemática de un país en construcción. En El salto atrás, uno de los personajes expresa, por ejemplo, que:

Vivíamos, el Estado sobre todo, aunque también parte de la ciudadanía, en el gasto desmedido, y en una partidocracia antes que en una democracia. A tal punto, que el autoritarismo que de tanto en tanto campeaba por sus fueros entre nosotros, ahogaba nuestra capacidad de mantener en pie ciertos principios básicos con los que constituir la nación que al parecer sólo algunos deseábamos en serio, alardeando de ella, no obstante, como si fuera la más democrática de las repúblicas…

A pesar de que las referencias a los sucesos de la historia política las proporcionan los personajes brevemente, el lector puede ir construyendo la imagen del país en cada una de las nouvelles, desde la época de la fiebre de oro del virreinato, y la efervescencia política del siglo XX. Las artes también tienen sus representantes, los pinceles de Sebastián; la pluma, de Eugenio; la armónica de Mitch; el canto de Gustavo. Los aconteceres de la familia en toda la tetralogía, además de reflejar el caos del país, van construyendo la gran metáfora de la construcción de la Argentina de hoy.

Desde el inicio de la tetralogía, se insiste en la aridez de los extensos campos del sur patagonés, los trabajos que pasan los hacendados por hacer fértiles los campos que deben alimentar a los ganados. La lucha contra los depredadores y las epidemias, que reflejan el conocimiento del autor sobre las tierras del sur y de sus pobladores. Los temas históricos que tocan los personajes de la tetralogía en su navegar por el devenir del país, van desde la persecución de las tribus aborígenes, hasta el regreso del exilio de Juan Domingo Perón, pasando por distintos estadios del desarrollo del país y especialmente de la región sur por ejemplo, la construcción del ferrocarril, la búsqueda del oro, las sequías, seguidas de la peste de las ovejas, que aqueja a las haciendas, las penurias de los jornaleros, así como la vida de los barrios del Buenos Aires de la primera mitad del siglo, los devaneos de los jóvenes, y muchas veces su prostitución, con comentarios reflexivos que intentan penetrar en lo profundo de la superficie de la vida, como la de Aaron: “muchos ven los movimientos de las cosas, pero unos pocos, los hilos que las mueven.” Habla del presidente Perón como El Hombre de la Rosada (la Casa Rosada), que se va exiliado a España. Menciona las esperanzas frustradas de Frondizi, las elecciones que gana el peronismo, sin estar Perón en el país, también los enfrentamientos entre los Azules y los Colorados, sin faltar los problemas de orden político, que lleva a muchos jóvenes a participar en actos terroristas, fuera de su control, organizados por los clubes de los inmigrantes nazis, como cuando Sebastián al referirse a las proclamas del ejército pro nazi en los momentos de la revolución del 4 de junio de 1943, las asocia con las ratas del abuelo Alfie.

Matías, al hablar de los juegos con Susanita expresa algo que podría describir la forma de narrativa del autor: “un deslizarse por los recuerdos, con su ir y venir.» Y poco más adelante, ampliando esa definición, cuando dice Matías:

Porque como jirones y retazos son esos turbios pensamientos que a menudo encubren historias que sin ser del todo las de uno, de algún modo nos señalan, y envuelven y confrontan, aunque del mejor modo posible procuremos ensamblarlas como a las piezas de un mecano o rompecabezas que hay que unir hasta que aparezca la imagen del modelo que nos permita finalmente asumir que sí son parte de nuestra historia y no la de otro, lo que en definitiva nos están mostrando.

En resumen, se trata de una tetralogía que contribuye al enriquecimiento de  la literatura latinoamericana posmoderna, agregando su nombre a la lista de autores que han puesto a la literatura latinoamericana a la vanguardia de la literatura mundial.

 

Marcela del Río Reyes

Académica Universidad Nacional Autónoma de México

Doctora en Letras Universidad de California en Irvine

 

Nota: El Prólogo publicado en esta página anticipa la tetralogía novelística Los derroteros de próxima aparición.
[1]                 Bertha Bilbao Richter, “Entre mareas”, en  La literatura de Emil García Cabot. Buenos Aires: Instituto Literario y Cultural Hispánico y Enigma Eds. 2016. pág. 152.