ESCOLIO A LA SIMIENTE Y EL VIENTO DE EMIL GARCÍA CABOT. Por Dr. Manuel Jofré.

Las obras literarias de Emil García Cabot son ciertamente una metáfora de la condición humana, además de ofrecer una imagen del mundo argentino y de la sociabilidad latinoamericana.[1] En 32 años García Cabot ha publicado una docena de novelas, libros de cuentos y poemarios que han enriquecido y complejizado la historia literaria de Argentina. Desde Adrogué, Buenos Aires, se ha diseminado su impecable obra novelística, poética y cuentística.

Cada una de las composiciones de García Cabot es una obra de una compleja rigurosidad. Particularmente, sus novelas revelan una pensada estructura interna, en lo que concierne a las voces narrativas y a la visión de mundo que emana de cada una de ellas.[2] Agréguese  a ello una fuerte simbología interna, el sentido de los nombres de los personajes, las estructuras paralelas, el uso del monólogo interior, los motivos de la soledad y la búsqueda, un argumento o intriga central articulador, un lenguaje poético donde todo connota, entre otros aspectos que analiza Bucci. Otra comentarista también enfatiza el protagonismo de la naturaleza, los viajes, la pugna de intereses, un entorno inhóspito, una fuerte mirada introspectiva y un camino hacia una culminación o clímax.[3]

La novela inédita bajo análisis, La simiente y el viento, viene a enriquecer la producción narrativa de García Cabot. Se presenta, primero, como una sucesión fragmentaria, enigmática y cambiante de narraciones en el proceso de lectura. Esa sucesión no es otra cosa que una suma de visiones personales que organizan el mundo presentado por la novela, con lo cual se postula que la realidad no es más que un conjunto de experiencias dramáticas y significativas donde usualmente intervienen variadas personas, que entran en conflicto en la esfera del deseo.

Estas visiones personales son discursos interiores, mentales, fusión de corriente de la conciencia y monólogo interior, donde la escritura transcribe la psiquis de los personajes. Piezas autónomas de un macro discurso mayor que se arma en el lector mediante un arduo proceso de lectura, el que solo concluye con la última página de la novela. Esta experiencia estética es pues compleja, cambiante, escurridiza, recreativa, para el lector.

Once discursos componen esta novela, organizados como capítulos sucesivos. Al estilo de Lawrence Durrell, en El cuarteto de Alejandría, van esbozando un verosímil personal, desde su propio escorzo o perspectiva. Sin embargo, cada uno de estos discursos, junto con referirse a quien lo profiere, está engarzado en otro personaje, que no es él o ella misma, y eso pone este decir claramente en el campo de la otredad. Esta es la estructura que se reitera, enriquecida cada vez, en todos los capítulos y discursos personales. En cada caso, el centro del discurso es esa otra persona.

La novela se inicia desde la mirada del pescador que ve llegar una figura enigmática y con ello se da inicio a la aventura, teniendo la playa (de Mar del Plata) como umbral del encuentro. A partir de este momento, comienzan a alternarse diversos narradores, masculinos y femeninos, jóvenes y viejos, engarzados por una misma historia, o argumento central, la cual debe armarse en la mente del lector a partir de los datos de los nombres de personajes y lugares (muy importantes y significativos).

Así, las diversas narraciones poseen de suyo un carácter enigmático, por lo menos en cinco aspectos. El espacio al cual pertenecen, el tiempo en el cual acontecen, la persona que las enuncia, la persona buscada en la narración y su relación con la historia central, que irá emergiendo gradualmente a partir de los diversos discursos personales. Cada historia se esboza a partir de un estilo diferente. Por otro lado, cada historia va estableciendo analogías y paralelismos, diferencias y contrastes, con las historias previas, y con las que vendrán a continuación. Los puntos de contacto entre ellas, suelen ser parte de la naturaleza, como el monte, la laguna, las haciendas, los caminos, los animales, los cipreses.

Todo este desenvolverse narrativo hace que cada discurso, narración o historia capitular gire en torno a diversos personajes-eje, organizándose como una estructura cronológica, que toma y retoma y agrega a los sucesos anteriores. Estos cronotopos biográficos (la expresión es de Mijail Bajtin) son la sustancia del mundo presentado y poseen un carácter marcadamente dramático, es decir, tensivo y conflictivo, organizado por atracciones y rechazos. Pero además, cada capítulo posee una cierta autonomía relativa en la narrativa total, marcada por el nombre de quien enuncia el discurso, quien es el responsable de la narración y propiciador de esa visión de mundo.

A partir de la mitad de la novela ya comienzan a reiterarse los nombres y las circunstancias y con ello empieza a armarse la trama, una intriga central, es decir, un argumento que liga a todos los personajes. El mundo representado hasta este punto podría escindirse entre los personajes marginales, que gradualmente se van haciendo centrales y los personajes más poderosos, que van perdiendo parte de su poder. Por otro lado, lo que suele ligar a dos personajes o más son las historias de amor, es decir, el cronotopo idílico sentimental, en la terminología de Bajtin.

Los capítulos de las historias se van complejizando con el avance de la novela, pues algunos de ellos admiten un discurso en cursiva que implica un tiempo pasado, u otra voz dentro de la voz mayor. Sumado a que cada historia gira en torno a otro personaje buscado o ansiado, como se ha dicho, esto convierte cada discurso en algo más dialógico, multiplicando así los sentidos de cada capítulo, mientras el lector muchas veces se pregunta quién es realmente el o la que está hablando, pues la identidad suele quedar escondida o disfrazada por una alteración del nombre.

Los puntos neurales de la historia central están marcados por la muerte de los personajes básicos (don Roque, Rogelio, Elvira). Recién en el capítulo 10, que antecede al epílogo, es decir, al final de la novela, comienzan a clarificarse las historias y se van ligando, consecuentemente, las acciones, restableciéndose la causalidad interna. Así, se van atando los cabos sueltos. Todo ello implica que el lector arma en su mente una genealogía de personajes y establece con más claridad sus relaciones. Todo esto acontece en el penúltimo capítulo, que es enunciado por Ramón.

Este capítulo es iluminador de la totalidad de la novela porque recolecciona los principales eventos y protagonistas en una conversación con Matildita, la joven nieta que asume la historia total pero no es parte de ella. Rogelio, o Lio, ha experimentado antes, se dice allí, una epifanía en el centro de Buenos Aires, la cual habla de la experiencia de la humanidad. Aquí, Rogelio escucha la palabra de Dios a través de la referencia del Génesis, 1:11, sobre la hierba que debe dar simiente. Este intertexto de La Biblia es muy importante en la novela, pues entronca con el título mismo, al establecer la metáfora central que anuda todas las experiencias de los personajes.

En efecto, y sin contar los pormenores de la trama, los cuales son dejados para deleite del lector, Rogelio aprende acerca del proceso de generación, donde la hierba entrega su semilla para continuarse. Él interpreta esto, según Ramón, como que “nada de lo que se hace es sin ningún resultado”, es decir, todo evento, aunque negativo, puede tener un resultado positivo. Todo esto va acompañado de una serie de reflexiones sobre la palabra humana, sus garantías y sus limitaciones. Esto incluye el rol decisivo del silencio.

El drama comienza a concluir. El realismo del cual ha hecho gala la novela, asciende a un nivel superior con este planteamiento global ético. El realismo psicológico (todo sucede en las acciones y en las mentes) se complementa con un Epílogo, donde re-emerge la palabra de Elvira, desde un espacio otro, tal vez el delirio de la agonía, tal vez desde un espacio más lejano. La palabra de Elvira es más calmada, y posee la visión completa de lo acontecido. Su hijo Rogelio ha ido a visitarla al hospicio, luego de haber viajado por Buenos Aires y luego de haberse reunido con Ramón. La forma circular de la novela se va así confirmando.

Según esta última visión de la novela, a cada ser humano le corresponde una cuota de sufrimiento. La vida posee también alegría, así que la combinación vital es de luz y oscuridad. La realidad está hecha de dos mundos. Como las aguas de la laguna, que ha sido el centro del amor y la tragedia. “Aguas de vida y muerte”, dice. Se trata de “dos maneras de ser”. Una es la simiente, y otra es el viento, como en el título. El viento tal vez sea la imagen que reúne la obra de García Cabot, como ha dicho Graciela Licciardi, en una conversación. La simiente quiere brotar y anularse para ser algo otro superior; el viento la saca de su espacio, la mueve, pero igual le permite germinar en algún lugar. El viento es la mano que esparce la simiente.

Todo lo acontecido se ha dado en aquello que “llaman tiempo”. Lo que allí importa es la cosecha, que se origina en la simiente. Esto se liga con el primer capítulo, donde importa lo que se pesca con las redes. Se trata de una cosecha de peces, como la multiplicación de la simiente. La simiente es tanto Rogelio, que producto del amor ha logrado crecer bien, y Matildita, la joven heredera de la familia que escuchaba la narración de Ramón como interlocutora. El viento es lo que les tocó vivir. Ambos surgen ilesos del pasado y renuevan la genealogía.

La novela de García Cabot posee una intensidad inusual, como muchas otras de sus obras, donde lo narrativo y dramático se entrelaza con un lenguaje poético. Estas últimas imágenes del viento, la simiente, los dos mundos, la regeneración, el entorno hostil, son aspectos que han sido estudiados por Bertha Bilbao. Ya ella ha preferido ver “cada libro como obra unitaria, cronológica y sucesiva”[4]. Ha destacado la “perfección estructural”, la relación entre culpa y justicia, “entre el bien y el mal”[5].

Así mismo, Bilbao ha destacado la presencia del heroísmo y la utopía, las yuxtaposiciones y los paralelismos, “las luces y sombras del alma humana” y, sobre todo, el rol simbólico del mar, el viento, las montañas, los lagos, y con ello, ha percibido cómo “la naturaleza tiene un carácter lírico metafísico”[6]. Todo lo cual se percibe en La simiente y el viento, unido por un temple “estoico” (Bilbao) que sublima las asperezas y le da un lugar a cada cosa.

Cuando el lector cierra la novela de García Cabot la imagen que permanece en su mente es la de la circularidad, es decir, de unas narraciones que pasan una y otra vez por un “mismo” punto. Pero en verdad, se trata de una hélice, es decir, de un espiral ascendente, donde los hechos son re-articulados una y otra vez a una narración diferente. Esta estructura compleja, que es la del universo en expansión y del adn (espiral helicoide) es la de La simiente y el viento. Donde importa el movimiento nuevo recorrido cada vez, y donde no hay un centro, como el propio García Cabot sugirió, hace unos meses.

 

MANUEL JOFRÉ, Ph. D.

Profesor Titular, Universidad Viña del Mar.

Profesor Titular y de Excelencia, Universidad de Chile.

Director, Fundación Iberoamericana.

 

 

Nota: La simiente y el viento. Kanon Editores. Buenos Aires, 2019
[1]                     Ver Bertha Bilbao Richter, La literatura de Emil García Cabot: Metáfora de la condición humana. Buenos Aires: Instituto Literario y Cultural Hispánico y Enigma Editores: 2016, 191 p. Este volumen estudia y redescubre una decena de las obras de García Cabot.
[2]                     Véase Graciela Bucci, “La larga orilla del recuerdo, de Emil García Cabot”, en Alba de América, Buenos Aires, Vol. 36, Nos. 68-69, 2016, 259-262.
[3]                     Consultar Miryam E. Gover de Nasatsky, “Emil García Cabot: Entre mareas”, en Alba de América, Buenos Aires, vol. 37, Nos. 70-71, 2017, 339-340.
[4]                     Bilbao, 178.
[5]                     Bilbao, 179.
[6]                     Bilbao, 181.