LA CARACOLA Y LOS SORTILEGIOS (novela para preadolescentes, Ed. Braga, 1993 y Ed. Dunken, 2009).

CAPÍTULO XXVII (fragmento):

Sin duda alguna, de no haber estado ligado a Celeste, yo no me hubiese sentido tan inclinado a creer lo poderoso que puede ser un sortilegio. Si lo maravilloso era, precisamente, que el centro de todo ese asunto lo ocupaba ella, deleitándome con su sola presencia, porque los ratos que pasábamos juntos, aunque brevísimos, tenían la virtud de transportarme a otro mundo, y así como algo muy dentro de mí vibraba con toda su fuerza apenas la veía, cuando de repente se iba sin siquiera decirme si volveríamos a vernos –¿de qué me servía haberle dado un beso?), era como si algo se desmoronase ante mis ojos dejándome en un gran vacío.

Terminado el sortilegio, finalmente pudimos conversar un poco con Celeste y saber que el suyo –aquel que había hecho en mi presencia– estaba a punto de cumplirse, y que por eso ella no había querido hablar de él antes.

A la que Dianita y yo le decíamos “bruja”, Celeste la llamaba “tía”, aunque estaba segura, dijo, de que no pertenecía a su familia, pero la hacían llamarla de ese modo y la habían llevado a su rancho para que le cuidara los animales y de paso aprendiera algunos hechizos (eran tantos que nunca llegaría a saberlos todos), así los hacía ella cuando su “tía” estuviera enferma o se muriese.

Pero como a Celeste no le gustaba vivir allí, y mucho menos con esa mujer, se había propuesto valerse de las artimañas que estaba aprendiendo para hacer que vinieran a buscarla de su casa de una vez por todas, y que de no vivir tan, tan lejos, nos aseguró, ya se hubiera ido sola, aunque tuviese que caminar el día entero y pasar una noche a la intemperie.

 

Emil García Cabot