“Travesías en busca de identidades. La cruz en los toldos tehuelches”. Ensayo de Bertha Bilbao Richter sobre El último horizonte de Emil García Cabot.

García Cabot, Emil. El último horizonte. Buenos Aires: Metáfora, 2011. (195 pp)

Travesías en busca de identidades. La cruz en los toldos tehuelches 

Entonces supe. Entonces comencé a ver  que la  vida es este momento, pero con muchos otros arrastrados desde lejos,  a veces muy lejos, vaya uno a saber de dónde.

                                                         E.G.C.

El último horizonte, de Emil García Cabot cuya ilustración de tapa muestra la fotografía “Estepa patagónica” tomada por el escritor para su novela (noviembre de 2011), nos ubica en un vasto espacio hecho propio y que se refleja en las criaturas creadas y en la sobriedad de la trama discursiva, en la que la narración, la descripción y los diálogos muestran la prosa de un poeta, en el decir de Susan Sontag. Por otra parte, los procedimientos de construcción de esa trama contribuyen al logro de una unidad dramática comprensible y significativa.

Por el Prólogo de Norma Pérez Martín nos enteramos de que ese desértico espacio patagónico, sus pueblos originarios y su cultura son profundamente conocidos por el autor.

El punto de partida es una leyenda de poco más de cien años en la que un hombre al que llamaban Cautivo, de origen y procedencia inciertos, se afinca en la caleta, aunque siempre temeroso y en actitud de fuga, razón por la que emprendía constantes viajes con “La del Pelo Largo”, reticente y esquiva como él. En una ocasión, confía al fondero Juan Salerno su situación de prófugo y que la mujer es una mestiza cautiva que rescató al escaparse; le confiesa, además, que por esa causa se siente perseguido y precisa esconder a la mujer. Al cabo de diez años , septiembre de 1915, lo encuentran muerto en su cama, con una Biblia en su mano y, en el fondo de la casa, dos cúmulos de piedra con los nombres de Eusebia, la mujer cristianizada, y de Eulogio López, hermano del fugitivo que, desde su desgraciada infancia, había decidido ser Cayeco, con el nombre que lo identificaba, puesto por los indios captores.

El escritor considera esta leyenda “como el germen de la raza por nacer, o la definitiva identidad de los hombres de este suelo” (27) y que, como toda elaboración colectiva “nace por algo y para algo” (28); de ahí la justificación de la novela. El autor ha retomado la etimología de narratio derivada de una raíz griega que significa “indagación”, usada por Aristóteles, por eso es que la representación verbal será la de alguien que descubre hechos sobre un trasfondo de ignorancia, incomprensión u olvido. Si pensamos, siguiendo a Ricoeur que la trama de una narración; causas, fines y azares se reúnen en una unidad temporal de una acción total y completa (Tiempo 1: 33), la trama de esta novela se acerca a la metáfora, por su dimensión configurante, de síntesis de lo heterogéneo ( 1: 131).

La multiplicación de los puntos de vista narrativos apuntan a la finalidad de deconstruir la síntesis prevista por la filosofía de la historia. Uno de ellos es la voz de Huenec, una adolescente huérfana a cargo de sus protectores: Basilia, que la instruye en los saberes de su raza y  Compen, el proveedor de alimentos que le enseña sus palabras y que  le promete: Un día te voy a llevar a que toques el cielo. (30) En una conversación, Compen le revela que es cristiano y que desea que Huenec también lo sea, antes de que el cacique la lleve a su toldo en reemplazo de su hija muerta. En uno de sus paseos Huenec conoce a Cayeco, ambos se sienten atraídos y él promete regresar a ese lugar tres días después. Pasado ese tiempo de honda reflexión para la joven, al ir al encuentro ansiado es encontrada por Compen, que la bautiza con el nombre de Eusebia y le regala una cruz. La nueva cristiana ve el reflejo del cielo en la superficie de una laguna, al tocarlo, se da cuenta de que ese cielo se quiebra. Esta poética imagen anticipa su trágica vida. Eusebia siente amenazada su libertado, más aún cuando aparece Cayeco a quien Compen lo llama Eulogio y éste, al protector de Huenec, Ramón López. Cayeco, que reniega de su identidad porque se siente aborigen se lleva violentamente a Huenec que vivirá cautiva como su mujer y dejará a su muerte una hija mestiza con su mismo nombre y así también como ella, perseguida y privada de su libertad,

La voz narrativa se desplaza alternativamente a Compen- Ramón López-  hermano mayor de Cayeco- Eulogio López. Describe La Blanqueada, su casa paterna, sus moradores descendientes de españoles, familiares y amigos. Ellos conocen a los indios “avenidos” pero tiempo después sufrirán las consecuencias de los límites impuestos por la civilización a la barbarie o lo que se ha venido denominando “el encuentro de culturas”.

Otra de las voces narrativas es la de Cayeco, que luego del cautiverio de ambos hermanos, niños aún, se adapta a la vida tribal, a su cultura y a su lengua. Esto le permite al autor la reinvención de un habla en que la memoria casi perdida ha mezclado el español con rasgos de su reciente aprendizaje, la lengua aborigen impuesta por sus captores y que responde a una decisión de sobrevivencia pero también da cuenta de una tensión que nunca se resuelve. Si aceptamos que todo acto de narrar implica identidad ya que en él encontramos la dimensión temporal de la experiencia humana, la voz narrativa de Cayeco da cuenta de las peripecias de su vida. Su identidad , idem (mismidad) entendida como inmutable, se subordina a la identidad como ipse, que admite el cambio que el sujeto sufre en el paso del tiempo. En Cayeco observamos la oscilación de ambas o más propiamente la confusión del idem y del ipse. Esta confusión se patentiza en el habla y en la dimensión ética de sus acciones. Al respecto, el autor incluye vocablos de la lengua originaria de la Patagonia (tsoneca o tehuelche) y su traducción al español en relación con la consideración de usos y costumbres indígenas y de su mundo natural.

María Alicia Cavagnaro Colombo observa: “El número dos identifica esta historia de vida y muerte, amor y odio, nombre de indio y nombre paterno hispano, nadre e hija, placer y dolor, dos hermanos, cielo y tierra, el fuerte y la barbarie (…)”

La novela de García Cabot responde a un conocimiento de la historia y a la clara visión de que el destino individual está históricamente condicionado. No sólo se aparta del modelo tradicional de la novela histórica ya que hay una lectura crírica y desmitificadora del pasado y cierta desconfianza en las versiones oficiales de los hechos, según  una u otra interpretación de la Conquista del Desierto. Recupera figuras o eventos marginales en su lado oscuro y silencioso. No es la recuperación de figuras históricas vencedoras sino la de hombres derrotados y la de una mujer en el cruce de etnias y culturas que nunca pudo encontrar su identidad porque la categoría de elección se diluye cuando la libertad es una utopía. Huenec, como antes su madre, no puede plantearse la pregunta: ¿ Quién soy? Por lo tanto, su voz narrativa es errática porque no puede dotar de sentido a los acontecimientos aislados: “Con palabras y actos nos insertamos en el mundo humano, y esta inserción es como un segundo nacimiento”, dice Hannah Arendt (200) , de ahí que Huenec parece más una sombra que una mujer: Yo no podía ser nunca yo, por más que quisiera o lo intentara (39). Huenec, la futura madre, cuya travesía por el desierto su hija duplicará, desea ser llamada Eusebia por Cayeco, que le niega la posibilidad de sentirse cristiana y se niega a sí mismo como tal, porque quiere sentirse indio. Cayeco entrega a Huenec al cacique de su tribu y luego la compra para hacerla su mujer; tiempo después, ella tiene un hijo de Compen que había acudido en su rescate y había competido con su hermano para comprarla, según la usanza de las tribus. Del mismo modo, la hija de Huenec que quería sentirse Eusebia, se pregunta: Aun sabiendo que harían de mí  una india o una cristiana, no alcanzaba a comprender qué importancia podía tener para mi vida (169). Ambas mujeres no tienen vida propia, sólo el miedo y la obediencia las identifica y ambas experimentan el cielo quebrado en sus corazones.

Quizás por eso no hay un narrador omnisciente y totalizante ya que se advierte que el autor problematiza el concepto de verdad y dinamiza en los lectores la reflexión: lo que no fue y lo que pudo haber sido. Contrariamente a las ideas de un mestizaje natural y espontáneo en nuestro país – y en un plano de significación más amplio, en América Latina – García Cabot muestra la fusión dramática de razas y cosmovisiones, fusión a veces monstruosa que da cuente, aún hoy, de la incompletud identitaria argentina y latinoamericana. No hay en esta novela la celebración de la síntesis dialéctica de los opuestos – español e indígena – la imagen final de la novela muestra la difícil o quizás imposible coexistencia de razas y culturas.

Se advierte de este modo en El último horizonte una constelación de alusiones para apuntalar la construcción – o quizás la deconstrucción – de la supuesta identidad argentina, por cierto  fluida en sus orígenes como en estos tiempos. De ahí parte el novelista para presentar personajes híbridos que encarnan identidades desintegradas, diferentes y peligrosas que denotan la dinámica de partes múltiples. Quizás García Cabot como Carlos Fuentes, entienda que los errores o defectos del pasado se repiten y que no es posible el mestizaje como una síntesis ingenuamente esperable. De esta novela surgirán comparaciones del pasado con el presente; de lo que quedó con lo que aún persiste; su tema permite reexperimentar las tensiones sociales y las fuerzas históricas que envuelven las migraciones en nuestra época y que están representadas en la vida y el destino de los hombres.

El título de todo texto anticipa la idea principal subyacente en su contenido y que el lector atento prefigura y reconstruye al terminar la lectura. El último horizonte alude al confín : Pura tierra de pedrejones y areniscas infecundas resecadas por el sol y el crudo viento del oeste (148) Es este el escenario de una constante espera de los niños cautivos que inútilmente desean ser liberados, la espera por las tropas de la conquista del desierto, la espera de los hermanos para recuperar a Huenec y luego a la hija que ambos creen suya; en fin, la espera del camino que conduce a la muerte. En términos del autor Toda esa tierra se extiende hasta mucho más allá de lo que alcanzan a verla, en una continuidad inmensa; y por lo tanto, debiera dar lo mismo un lugar que otro, si no fuera que, además de las palabras, están los que las dicen, y eso suele cambiar el aspecto de las cosas (129) Nuevamente alude a la relación de palabra y pensamiento, a la lengua como vehículo de una cosmovisión, de una cultura. Es este el escenario de la travesía de Ramón- Compen, en busca de Huenec- Eusebia, la que sería madre de su hija, y años después la fatigosa travesía con su hija. La travesía de Cayeco en su huida con Huenec, arrebatada a Compen y luego otra travesía en huida de los soldados de los fortines. Pero la más larga y dolorosa travesía es la de la mestiza que ignora por qué huye y por qué está entre la cruz y los toldos tehuelches. Nadie encuentra finalmente su identidad sólo en las lápidas de los túmulos de piedra y en la Biblia en la mano inerte de Ramón López.

El tema de esta novela encarna la predilección barroca por las contradicciones y las paradojas, la reconstrucción de un pasado por mediación de personajes que recuerdan lo vivido y por la autorreflexión autoral que la bastardilla distingue.

Dejando de lado la problemática respecto del concepto de novela histórica tradicional o nueva novela histórica o historiografía metaficcional que la posmodernidad diseña, se percibe en ésta el cuestionamiento del concepto de verdad única y la consiguiente postulación de varias verdades, la marcada preferencia por figuras excéntricas, la configuración ambigua de los personajes, el énfasis puesto en la subjetividad, la violación de las limitaciones en el uso de fuentes o documentos oficiales, el respeto por la memoria colectiva traducida en leyenda, las novedosas estrategias narrativas, la ausencia de un estilo único a lo largo del relato y la remisión a una realidad histórica de un amplio período de la historia sudamericana.

Vale transcribir la opinión de Susana Botto, una lectora amiga del escritor: “Emil García Cabot nos permite viajar hacia ese último horizonte como si se tratara de ir a una tierra fuera del mundo, quizás la inexplorada tierra del yo, que cada uno de nosotros conlleva, y de la que a veces no quisiéramos ser cautivos.”

Nota:

Las citas de la novela corresponden a la edición indicada.

Bibliografía.

Arendt, Hannah. La condición humana. Barcelona: Piados, 2001.

Botto, Susana: Carta al autor  (15 de julio de 2012)

Cavagnaro Colombo, María Alicia: (Carta al autor, 24 de septiembre de 2012).

Ricoeur, Paul. Tiempo y narración. México: Siglo XXI, 2004.

Hutcheon, Linda  . Página web de la autora en Google: “Metaficción historiográfica”.

Observación: El presente texto es parte del libro de Bertha Bilbao Richter: La literatura de Emil García Cabot. Metáfora de la condición humana. Buenos Aires: Enigma Ed., 2016.

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