“En el rigor del silencio” de Emil García Cabot, por Graciela Bucci.

EN EL RIGOR DEL SILENCIO

DE EMIL GARCÍA CABOT

Buenos Aires: R y C, 91pp., 2013, ISBN: 978-987-1331-98-7

Graciela Bucci

 

En el rigor del silencio está conformado por un corpus de setenta y seis poemas sub divididos en tres partes o estaciones, como las llama el autor.

Ya desde el título nos aproximamos a la temática predominante de la obra que está precedida por una frase de Plotino: “Un reino del solo hacia el solo” y es, justamente, la soledad, uno de los climas que atraviesan los textos. Y son soledad y silencio en armónica amalgama que nos llevan a replantearnos el porqué del título. Es el rigor la severidad imprescindible que sólo se consigue explorando múltiples posibilidades, entre ellas, el silencio. Sentir para escribir, que no haya sonido alguno, lo cual no significa que no haya comunicación. El silencio viene en nuestra ayuda en pausas reflexivas que son, muchas veces, el vehículo para obtener la claridad, para ayudar a valorar el mensaje, puesto que es él quien exalta los sonidos interiores. El poeta renace en el silencio, solo en esa inmensidad podrá escuchar la voz que llama para darle a conocer los misterios del universo; es el silencio que depura y da brillo al alma. Sólo así se podrá percibir lo que significa estar vivo.

Merodeamos nuevamente por el título y vemos la paradoja del silencio en esta poesía; ya que desde la hondura grita en cada verso, clama, cuestiona, y se cuestiona en una perceptible exploración metafísica.

Estos textos difunden ondas de calma y es esa calma la que se instituye como una emergencia del ser como un valor que domina pese al mundo perturbado del entorno. Asume una actitud por momentos manifiestamente contemplativa que nos permite vivir al poema en su dimensión poética, ya que las imágenes que lo pueblan tienen un destino de engrandecimiento. Cito una frase del filósofo francés Gastón Bauchelard, a la que considero plenamente aplicable en la obra de García Cabot: “Toda doctrina de lo imaginario es, a la fuerza, una filosofía del exceso”.

Hay una propuesta del silencio inexorable como parte del autoconocimiento. En “Mundo en fuga”, el autor nos dice: “[…] de tanto escuchar ruidos/ya no oímos los cósmicos latidos” (44). La suya es una poesía henchida de vida interior que necesita revelarse como en una suerte de conjuro. El poeta capta la esencia de las cosas, el misterio del hombre y del mundo circundante: esencialidad y temporalidad, son sus dos supuestos básicos.

La búsqueda del SER se transmite en versos que “aclaman” el silencio en cuestionamientos hechos a través de interrogaciones directas o indirectas. Así,  en “Para qué”, interroga: “[…] ¿para qué mundo segar la hierba/y separada del ripio/dejarla orearse bajo el cielo?” (69). Y luego, en “Cuestionamiento” (80): “¿Cómo volver a la niñez/a la inocencia/a la pueril pujanza/cuando en la fugacidad del tiempo/sólo es uno el que pasa?”

Con conciencia metalingüística y tono filosófico se inserta la pregunta retórica como figura literaria, recurrente en su poesía, lo que nos lleva a la profundización de la reflexión por parte del lector que acontece por la propia cavilación del poeta. Dice García Cabot: “[…] dónde empieza y termina/mi hondo territorio/a lo largo de rutas trazadas por la vida […]”. “Estación II”, (35).

Con un evidente cuestionamiento de la razón, según el camino ontológico del pensamiento seguido por Heidegger, se posiciona entonces, en la línea de ese interrogante como fundamento del conocimiento.

La fugacidad del tiempo o la brevedad de la vida, temas universales, atrapan esta poética; ambos, afectan en forma directa a la materia; a partir de ahí, surge la espiritualidad en relación con el ser humano. Pocas veces he visto tratado con tanta brillantez el “tempus fugit latino”, el tiempo que huye, que se diluye como si no existiera.

Otro de los ejes temáticos del poeta es el que se refiere fundamentalmente a vivencias en relación con el tiempo cósmico o de la naturaleza, que por ello son impersonales, universales, y están simbolizados por el agua, la niebla, la arena, la borrasca. Y entre sus propuestas, está la referida a algunos bien diferenciados tipos de muerte o caducidad del tiempo: el olvido, el desgaste y la destrucción. Reconoce que en nuestro tiempo prevalece, más bien, lo destructivo, lo desesperanzador. El presente que, esquivo, nos lleva a la constante advertencia de que se lo disfrute, pero con la conciencia de su futilidad y, como tal, deberá guardarse en el recuerdo, porque la memoria, –aun cuando esquiva por estar  sujeta al olvido– es el gran antídoto contra la limitación del tiempo.

Impera, en algunos versos, la sensación de que todo cuanto surge lleva implícita una cuenta regresiva hacia su fin: un tiempo cuantificable cada vez más asfixiante. Sin embargo, ante ese panorama, se levanta la divisa de la naturaleza,  el paraíso anhelado por la humanidad que exige integrarse a ella aunque solo sea por instantes: el poeta infunde ideas y emociones y las afianza al punto de transformarlas en sentimientos y en valores.

El yo íntimo, personal, se enfrenta con un mundo exterior acechante, inestable, el que tiende celadas de manera implacable. Y surge entonces la dualidad antinómica, el transcurrir de la vida hacia la muerte, el paso del día a la noche, la dicotomía: luz-oscuridad.

Busca, desde la lírica, un modo de experimentar la eternidad en un mundo donde todo es brevedad: “[…] las volutas de humo/son la mejor metáfora/síntesis de fugacidad/en el todo/de nuestro efímero paso por el tiempo […]” “De acá y de allá” (19). Revaloración del tiempo eterno, que podría rescatar al hombre de su vacío existencial, de su hacinamiento, de su angustia ante la incertidumbre que le genera el futuro. Aquí, inferimos la condición terapéutica de la poesía, pero sobre todo, su amplio valor ético.

En el libro, hay términos que nos llevan a ahondar en su significado. Uno de ellos es la figura del cincel; la piedra labrada, hoy escultura, narrará el sentido de su belleza, recordará su dolor mientras fue cincelada y la labor del artista. Para ver con los ojos de nuestra alma, primeramente hemos de abrirlos y, pacientemente, como a menudo ocurre en el mundo de lo espiritual, ir tallando, para agudizar la vista de los ojos espirituales. Dice el: “Esculpir el pensamiento/ con el esquivo pedernal/de las palabras”. “Cincel”, (10).

Un clima de hondo conflicto emotivo ronda los poemas que parecen ser la canalización de la emoción personal a través del lenguaje poético; el yo lírico posee otros universos paralelos, desconocidos, inescrutables, de desarrollo incierto; el oscuro mundo de lo ignorado.

Hay un ritmo interior en la poesía que a la vez posee la cadencia propia de la prosa (imposible olvidar que el autor es un eximio novelista), hay búsqueda de sonoridades especiales, refinamientos verbales, una actitud lúdica con respecto a la palabra evidenciada en sutiles paradojas, en inteligentes asimetrías, en curiosas adjetivaciones, tal es el caso de “atardecer viscoso”, “lluvias cavernosas”, “tornadizo rumor de la palabra”, agudas comparaciones: “voces que aturden como manojos de cencerros”. El autor merodea el sentido con metáforas elaboradas y precisas: “[…] la memoria cubierta de azucenas/junto a un otoño de los astros […]”. Y desdoblamientos, como en la dualidad sombra-poeta: “de la mano como dos adolescentes haré un nuevo recorrido con mi sombra”. “Acompañamiento”, (37). Tema predominante en la literatura del Siglo XX, la visión del otro y del doble como una progresión en la que el escritor pierde su identidad original para convertirse en el reflejo, lo cual hace presumir la existencia de un tiempo circular en el que el pasado y el presente se funden. Cito: “[…] ser uno mismo en otro cuerpo/y en el rocío de esa piel/verme en la mirada que me ciñe […]”, “Identificación” (56).

El autor habla del dolor como confirmación de la condición humana, siente que la palabra lo deja vulnerable. Cito: “[…] hombre soy/o no sería este dolor/que me delata en las palabras”: “Constatación” (32).

Quiero destacar muy especialmente el hallazgo de una sustancia omnipresente en su poesía: el agua; agua concreta, agua simbólica, agua emotiva, agua íntima, materializada en diversas formas, aguas que se van convirtiendo en símbolos como nueva visión de la realidad y que adquieren una relación de significación diferente. El mar ocupa un lugar especial como signo de hondo significado metafísico que lleva la poesía a su máxima expresión. Ya Jorge Manrique identificaba nuestras vidas con el río y la muerte con el mar. Por encima de los límites –principio y fin– está el fluir constante de la vida en el tiempo. La metáfora que al convertirse en símbolo adquiere mayor trascendencia ya que llega a encarnar un contenido que de otra manera sería inexpresable. Y el simbolismo poético lleva implícita una doble relación: la psicológica y la lingüística.

En cuanto al simbolismo del agua, respetando lo que la lectura de los textos impone como sentido predominante, los he tratado de recorrer hermenéuticamente, en una proyección hacia la luz de su significación en el mito que se nos muestra como conducta de retorno hacia el orden y la armonía del universo. La conciencia mítica es en sí un resguardo para el hombre que halla su lugar en el mundo. García Cabot habla de los sinuosos ríos del mundo, las aguas milagrosas, las aguas con voz propia, las aguas quietas, las quejumbrosas, el río de la memoria, el mar pulverizándose, la “ola que se vuelca en una playa solitaria”; hasta el propio poeta se convierte en marea.

La confrontación de estas imágenes presentes en varios poemas de la obra, conforman una suerte de hilos conductores del sentido que desde ellas vemos emerger; es, a mi entender, el signo más globalizador. Agua como transcurso de vida, como origen y fuente vital, como purificadora y regeneradora, como imagen que remite a la soledad del ser, como sumisión y entrega. Pero no es el único emergente. También surgen, en recurrentes imágenes, el dolor, la noche, el viento, el cuestionamiento metafísico, o la infinitud.

Emil García Cabot mira con maestría la penumbra de su propio espejo en una indagación que evade y a la vez esgrime y que, necesariamente, ha de abrumar el suyo. Eso produce sufrimiento, y el sufrimiento se hace ineluctable para quien escribe. Existen el yo escribiente y el biográfico, los que no compiten porque son, simplemente, diferentes y complementarios: el que vive a la intemperie y el que se resguarda. Ambos conviven en armonía en la palabra lírica, ambos se conjugan en este poemario para permitirnos gozar de una poesía que califico como indispensable.

Comparto desde mi gratitud como lectora, estos versos en los que nos hace partícipes y destinatarios de su poética y en los que hay un sometimiento de la materia al espíritu. Dice en “Transmutación”: “[…] sólo a quienes saben/del llanto silencioso/dedico estos poemas./Pues lloro hay, amigos, /que no es carne encarnada/pero sí carne del cielo./Dolor que no exuda,/puro dolor del alma/ cristalizándose en tristezas”. (89).

El autor nos propone una poesía redentora donde la ética y la estética de la palabra coexisten en tangible armonía.

 

Reseña publicada en la Revista Alba de América, del Instituto Literario Cultural Hispánico de California -ILCH-