“Larga orilla del recuerdo” de Emil García Cabot , Análisis psicológico de Alejandra Panus por Virginia Martínez Verdier.

Por Virginia Martínez Verdier

Psicóloga (*)

 

¿Quién es Alejandra Panus? ¿Qué es Alejandra Panus? ¿Cómo es Alejandra Panus? ¿Hacia dónde va su vida?

El texto de García Cabot nos sumerge en intrigas y misterios casi indescifrables y confusos. Su redacción disociada profundiza aún más la incertidumbre y desazón.

También  así se muestra Alejandra. Sus comportamientos y pensamientos y los pensamientos de cada uno de los personajes, nos van dando indicios:

Alejandra dice “voy y vengo”, sus pies la llevan. Dice ser una isla, “pretender vivir, así sea en pleno delirio”. Los personajes dicen sobre ella “Su forma de acercamiento como si no me viera”, ”angustiosa sensación de estar asociándonos fuera del tiempo”, “ un ser fuera de este mundo”,  “un ser para quien el tiempo no cuenta”, “¿soliloquio o puro diálogo interno consigo misma?”, “no lograr comprender cabalmente a Alejandra”, “enamorarse es sentir al otro misterioso”, “con ella iba hacia el todo o hacia la nada”, “de Alejandra yo percibía más vaguedades que precisiones”, ”atmósfera de irrealidad en la que vivía”,  “Con ese aire no sé si de andar a la pesca de alguien o a la buena de Dios”,  “Quién sabe qué es lo que usted realmente necesita y lo  que realmente piensa y cuáles son sus sentimientos”.

Los hombres de esta novela, son atraídos por Alejandra, aún en silencio y autorreflexión. Con sus modos, ella los ilusiona, les genera movilizaciones internas  que les promueven la invención de una realidad de la Alejandra que ellos imaginan, no la que realmente es. Cada uno construye, interpreta, traduce el comportamiento de Alejandra de acuerdo a su manera personal de ver la realidad.

Todos quieren alcanzarla y no pueden, aunque sea con su mirada, y no pueden. La ven pasar, ella les genera deseo y ella no los ve. Cada hombre de esta novela manifiesta un vacío en su vida, el tiempo improductivo del diariero, los recuerdos de la abuela del joven del barco, la necesidad afectiva del mozo. Especialmente, el protagonista, Mauricio, que llega a Mar del Plata para trazar las coordenadas de su vida en plena crisis existencial. El vacío de cada uno de esos hombres los hace dependientes de Alejandra.

Ella se ofrece para ayudar a Mauricio, como no pudo hacerlo con Adelfó, se ofrece para “producir la armonía en el caos”, sin embargo, casi como un fantasma, Alejandra lo enloquece, inunda su mente, lo inocula. Es como si Alejandra lo manipulara sin intención ni sabiendo que lo está haciendo. Mauricio manifiesta  su desasosiego, “mi apasionamiento me hiciera perder la cabeza y no dar con mis coordenadas”, “en tanto, yo me extravío”, “perdiéndome en la confusión”, expresa su soledad “existía porque existía Alejandra”.

La novela está situada en 1966,  21 años después del fin de la 2° Guerra Mundial. Cabot nos atrapa con la incertidumbre de cuál es la realidad “real”. Alejandra ¿vivió en Grecia antes de 1945 y padeció la muerte de su amor Adelfó a sus pies por los alemanes? ¿Se refugió en Mar del Plata con su hermano Lascaris y su padre? ¿Alejandra hizo propias las historias de Yorgos Seferis escritas en su cuaderno? ¿Alejandra  incorporó historias de la tripulación del barco griego? ¿Había estado a bordo del barco cruzando el océano o sólo estando atracado al visitarlo con sus sobrinos?  El nombre del barco: “Paciencia”, nos propone apelar a ella, la paciencia para desanudar las incertidumbres o aceptarlas resignadamente.

Cualquiera sea la verdadera realidad, podemos acercarnos a un análisis psicológico de la personalidad de Alejandra.

Si su historia real es haber perdido a Adelfó en la guerra y haber huido, podríamos considerar que esas experiencias fueron el desencadenante de una personalidad  fronteriza o un estado psicótico crónico con momentos de conexión. Si sólo toma las historias de otros, no podemos imaginar qué situaciones traumáticas la desestructuraron.

Más allá del cuadro psicótico específico (para el que no tenemos suficientes elementos diagnósticos), la psicosis es un estado alterado de conciencia, con introversión, aislamiento y desconexión de la realidad. La persona crea su propia realidad, su mundo propio. Es una perturbación global de la personalidad con una desorganización total de las funciones psíquicas.

Podemos apreciar en Alejandra algunos de los síntomas que se asocian comúnmente a la psicosis:  el pensamiento desordenado y desorganizado,  las alteraciones intensas y repentinas de la conducta, un comportamiento inusual, extravagante o extraño,  el aislamiento y el cese de la comunicación con el resto de las personas,  hablar sola, asumiendo que hay un interlocutor,  oír que le hablan (alucinaciones auditivas),  sentirse confundida u olvidar las cosas con facilidad. Las relaciones afectivas están totalmente teñidas de ambivalencia, por temor y dolor al contacto afectivo, la persona psicótica se va tornando distante, rígida, extraña, como un robot o muñeco parlante, se despersonaliza. El modo de vida psicopatológico es aceptado por ella, su transformación se convierte en su modo de relacionarse. No reconoce su estado,  delira o alucina y actúa en consecuencia con su delirio.

Las palabras  que aparecen constantemente en esta novela “abismo” y “piedras rotas”, expresan la ruptura de la estructura de personalidad de Alejandra, tan tangible como escurridiza, su cuerpo está presente pero su  psique está en otro lugar.                                                                                                                    Alejandra se conecta sólo por momentos, verbalizando abstracciones y realizando mínimas concreciones en sus encuentros con Mauricio. Luego de  concretar la relación sexual, Alejandra desaparece, ¿se brota psicóticamente con mayor profundidad? ¿pierde su endeble equilibrio? Deja de reconocer a Mauricio. Él y ella ya no son, sólo “piedras rotas” como su personalidad.

 (*) virmaver@gmail.com

Publicado en “Antología del lector cómplice” Tomo II. Enigma Editores, Buenos Aires, 2016.

Publicado en Critica