“Desnudo sobre el viento. Marañas existenciales en el sur argentino” por Bertha Bilbao Richter en La literatura de Emil García Cabot. Metáfora de la condición humana.

DESNUDO SOBRE EL VIENTO

Marañas existenciales en el sur argentino

Por Bertha Bilbao Richter

(…) acaso le fuese dado conocer por fin

la esencia del silencio que tanto le angustiaba

y a la vez tanto lo atraía (110).

E. G. C.

Mención de Honor en el Género Cuento del Premio “Eduardo Mallea” (1995/97) del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, recibió Desnudo sobre el viento de Emil García Cabot, la séptima entrega de su ya vasta producción literaria.

Como en otros de sus libros, sitúa a los personajes en la Patagonia, en un paisaje bravío, azotado por los fuertes vientos y empobrecido por las sequías o las lluvias torrenciales, donde la rudeza de los caracteres de sus moradores casi deshumanizados, parece espejarse. Como muy pocas veces en la literatura argentina de comienzos de este siglo, el autor muestra y hace sentir a los lectores, de manera visceral, la extensión inabarcable de esa región austral, los ecos de voces y conductas de aborígenes, mestizos y criollos, la indefensión de los pobladores frente a una naturaleza inhóspita que los moldea para la soledad, el aislamiento, el mutismo, la inclemencia y las pasiones enmarañadas.

Su prosa muestra a un profesional de las letras: desde largos párrafos que expanden la oración simple en proposiciones coordinadas, subordinadas o yuxtapuestas al estilo de Carpentier, como el párrafo que percibimos al inicio del cuento que da título al libro, hasta la reproducción del habla regional de los personajes de herencia tehuelche, que da cuenta de la aguda observación de García Cabot no sólo de los dialectos sino también de los idiolectos, como lo demostró de manera muy creativa en el habla de Cayeco, personaje de su novela El último horizonte, una verdadera reinvención de una lengua híbrida entre el español y la lengua tsoneca.

Ya en la presentación de este libro, recibió comentarios de profesores universitarios, de escritores y de amigos. Conocedora del valor de los juicios de los contemporáneos y de su importancia en la proyección de una obra, me pareció oportuna su inclusión, que tiene un carácter testimonial y que pueden o no asemejarse a la de mi lectura, pero que siempre muestran la “complicidad” en el sentido cortazariano, de todo receptor.

Como toda obra que ofrece cuentos puede ser leída en sus unidades textuales, me refiero en este capítulo al argumento de cada una de ellas de manera sucinta, con el propósito de facilitar a los profesores de literatura la selección adecuada para llevar a sus clases.

En “El trueque”, el primer cuento del libro, participamos de un fraudulento intercambio comercial entre un bolichero comprador de plumas y cueros ofrecidos por un tehuelche a cambio de provisiones, con las ventajas del aguardiente para obnubilar al aborigen y un tramposo manejo de la balanza por el bolichero. La voz narradora encarna la justicia y el convencimiento de que en este mundo no se puede mover siquiera una piedra sin alterar algún orden (9); es por eso que, compadecido de Malaqueo, de su esfuerzo por conseguir todo lo que oferta y a la vez, admirando la independencia de sus acciones, decide alertarlo de la artimaña del bolichero Benítez. Pero el indio sólo responde sus preguntas con movimientos de cabeza, pocas palabras y silencios, y su revelación con un Ajá, seco y rotundo. Hay luego una situación y una frase: Un peso menos (11) que demuestra la comprensión y el sentido del humor del personaje. A los pocos meses el bolichero se ve desabastecido, piensa que los aborígenes decidieron no volver a San Antonio Oeste porque los estaba achicando el invierno. Pero la llegada de un malón le saquea el boliche. Tiempo después reaparecieron con sus cargas de cueros y plumas, como si tal cosa (13). Deseoso de saber si Malaqueo tenía algo que ver con el malón, el narrador lo interroga, pero solo obtiene como respuesta: Yo no teniendo nada que ver. Luego, ya en el momento del trueque, ve que Malaqueo no prueba el aguardiente ofrecido por Benítez, que había encontrado otra manera de que su balanza marcara el peso inexacto a su favor. Malaqueo demostró indiferencia. Nunca más el narrador vio a ninguno de los personajes; el pueblo buscó al desaparecido Benítez, sin resultados, y piensa que Malaqueo demostró tener más paciencia de lo previsible, y que quiso darle al bolichero la oportunidad de enmendarse y aunque recuerde la frase repetida por el indio : Un peso menos…(14) luego de arrojar una palometa a un cangrejal, no se puede afirmar el motivo de la desaparición del tramposo comerciante.

En “El Cerco” el autor muestra el límite entre Ellos y los Otros, desde la perspectiva de Ellos, los aborígenes, que aún no tienen un lugar seguro, luego de su persecución a muerte. La prosa poética se hace alegato político desde la vigilante conciencia del autor que rememora, desde uno de Ellos, la desesperanzada voz de sus antepasados y su propio clamor de rebelión y muerte, siente que el cerco no sólo se amplía y bifurca, sino que también se desplaza con él y acaso a él nunca le resulte posible trasponerlo (…) (16). Conmovedora página de apelación a la conciencia para que nadie sea cercado y mucho menos opresor de su prójimo (16). Para Norma Pérez Martín “El Cerco” constituye “un texto donde lo trágico y lo poético se enlazan a partir de innominados personajes que el autor enuncia como Ellos-Otros. Aquí el mensaje nace desde una historia de atropellos y segregaciones”.

Viento Oeste”: en este cuento hay codiciosos buscadores de oro que consiguen que un arriero los guíe en su expedición, descripta con lujo de detalles desde una perspectiva omnisciente: marchas orillando ríos, aulladores vientos, fango, arena, pedregales, cielos amenazantes, cerrazones de lluvia y aguanieve; pero nada parece detener a los cuatro hombres, sólo el baquiano piensa, arrepentido, en que no debió ceder a la propuesta de servirles de guía; sólo uno de aquéllos se siente atormentado por miedo a las voces que oía en el viento y que suponía eran de los Antiguos, los amos y custodios, la augusta madre tierra con sus millones de hijos y antepasados. (32) Eso era lo que le hacía levantar a Funes, horrorizado, la cabeza, poniéndole sobre aviso un desenlace anticipado por la mujer del baquiano.

Sobre sus cenizas” lleva la reflexión acerca del tratamiento truculento de los medios masivos de comunicación, de una horrorosa noticia en la que lo que menos importa es la joven agonizante, cuyo desenlace es esperado, y de la que muchos sacan provecho. “Este cuento, cuyo escenario es la zona urbana, nos remite –como tantas otras de nuestros días– a una desgarradora historia acerca de la corrupción, la falta de humanismo, la voracidad de los medios, sin caer en obviedades panfletarias”, escribe Norma Pérez Martín.

En “No hay que confundir” una adolescente se hace pasar por madre de un niño de cinco años para ir en busca del padre del pequeño, pero en el camino encuentra a un joven que le agrada y decide aclarar su situación. Un cuento en el que prevalece el estilo directo y en el que el autor muestra su destreza en el manejo de la trama dialogal y las variaciones de los lectos regional y el cronolecto adecuado a los jóvenes personajes.

Cosas del diablo” muestra a un hombre abandonado por su mujer; no puede explicarse ni el mensaje ni si las cartas que descubre eran las que él mismo escribió y le envió en un pasado. Para superar sus tribulaciones recurre a una ensalmadora que le asegura la solución de sus males de amor y la cura de su orgullo herido; su presunto rival lleva su mismo nombre y la curandera le advierte que el caso será de difícil solución porque El hombre ese, es el diablo (61). Pasado un tiempo, el damnificado comienza a pensar en las ventajas del abandono de una esposa de conducta sospechosa y de mal talante, razones para agradecerle al diablo haber quedado en libertad. Sin embargo se veía sucumbir en una especie de desafortunada e incomprensible maraña ajena a su habitual conducta y manera de sentir y comportarse (65). Toma, entonces, una nueva decisión: seguir el juego al diablo en eso de las suplantaciones y señuelos (…); en sus próximos paseos por el puerto se pavonearía con el vistoso sacón de lana verde (66), la prenda preferida de su esposa y que la identificaba.

El consentimiento” es un cuento desde una doble perspectiva: la de Justo y la de Soledá, una pareja muy unida hasta que Justo comienza a celar indebidamente a su mujer, de pronto concientiza que uno se pone zonzo con cosas así, y piensa todo al revés (71). Sin embargo, a su muerte, le deja a su mujer un marido “elegido” por él. “Un final tan inesperado como inverosímil esclarece la intensa trama donde los dos personajes acentúan reflexiones y recuerdos”, señala Norma Pérez Martín en su publicación.

Extraña visita”: Clelia es una mujer que busca de pueblo en pueblo a un hombre que de manera real o imaginada había estado en su vida, su nombre es Damián; pregunta a quienes encuentra si llevan ese nombre y siempre le responden negativamente, con curiosidad, de manera a veces tolerante y a veces burlona o con indiferencia, porque la errante y solitaria mujer no los provoca. Un día, lo encuentra, o el hombre dice llamarse así, pero es un homicida que quiere encontrar a Estela para vengarse de su desamor; reemplaza en su interior el nombre de Clelia por el de la mujer por él buscada y le da muerte. El cuento plantea el tema de la identidad del otro, las dificultades para darnos cuenta de los motivos de los procederes de los semejantes, de sus obsesiones, búsquedas o necesidades.

Recordando tan sólo” refiere a la evocación de fracasos, de pérdidas, de desarraigo y soledad que pueden llevar al suicidio. Cosme, el protagonista, luego de la zafra del Norte, va al Sur en busca de trabajo y suerte favorable; se siente ajeno y solo después de años de su llegada, que ya ni siquiera recuerda cuántos; entre tragos en la cantina evoca las cartas, que se fueron espaciando, dirigidas a su mujer, sus aprendizajes de oficios en la esquila, las promesas desvanecidas de arreos, sustituidos por camiones de hacienda, sus ganancias exiguas que no le permitieron el regreso, ni aún por la enfermedad y muerte de uno de sus cuatro hijos. Sus monólogos interiores dan cuenta de su desprotección como argentino : Enormidad de suelo éste, y que tenga que andar poco menos que arañándolo para lograr vivir de mi trabajo (84). Recuerda su viaje de regreso a su provincia con los ahorros como puestero. A su llegada sintió que a ella él le era ahora indiferente, y a su último hijo le resultaba un padre totalmente desconocido (87). Decidió regresar con su hijo mayor quinceañero con la certeza de que la distancia entre él y los otros es su propia vida, las distancias de Norte a Sur y las causas que convierten los espacios en tiempo. El hijo, que durante tres años conociera el mundo conducido por su padre, se hundió con el “General Belgrano” en la Guerra de Malvinas. Soledad, desconsuelo y la indiferencia de la sociedad signaron su vida. La idea del destino que subyace en este cuento, se muestra como fatalidad implacable. Cosme no puede torcer el rumbo de su vida.

El sol sale para todos” muestra a presos que esperan la visita dominguera de muchachas interesadas en dinero y regalos, pero que por no conseguirlas, buscan anormales maneras de complacerse. Humor, ironía, crítica al sistema carcelario y una lengua lumpen en boca de los personajes.

Marea de Equinoccio” pone en evidencia la mezquindad, durante una sequía, de un estanciero que se niega a compartir la laguna en su propiedad, para salvar las ovejas de su vecino. El desenlace sugiere, por analogía, una preocupación distinta de los personajes pero igual destino. “Es este el texto que mayor margen me concede para multiplicarme internamente”, dice Gustavo Aritto que, en un e-mail al escritor desde Burzaco, en octubre de 2006 explicita: “individuos que viven polarizados, en quienes no hay evolución alguna hacia una síntesis porque no hay transformación. Habiendo vivido en la Patagonia, no me cuesta reconocer esos rasgos ni en los criollos nacidos de europeos ni en los aborígenes. Sin embargo, y por encima y por debajo de todo, sospecho que estás expresando, secreta e inconscientemente, acaso sin querer, verdades viscerales del pueblo del que emergimos”.

El abismo”: en este cuento el protagonista se empeña en buscar el silencio en los territorios sureños; un marinero le sugiere su búsqueda en el mar, pero su experiencia como navegante no lo conforma, tampoco lo encuentra en la Iglesia; el párroco le dice que su búsqueda es Dios, que al ser Verbo, es también la voz del silencio; Francisco, como es llamado el personaje, piensa que esa es la feliz anticipación de algo que se le manifestaría más plenamente (101) como silencio absoluto, y continúa su itinerancia y el movimiento –analogías de la vida– hasta que experimenta la sensación de vacío abismal y sin fondo (100); la soledad y la ausencia de palabras interiorizadas por su mente, anticipan el desenlace: ve aproximarse una silueta ataviada de blanco. El autor homologa la muerte con la soledad y el silencio. El título del cuento alude a uno de los significados simbólicos del abismo que, por extensión, refiere a un estado de conciencia que percibe el misterio insondable de la muerte.

Desnudo sobre el viento” es el título del cuento que también da nombre al libro; la desnudez alude al despojamiento, a la suspensión del juicio, a una vuelta a la esencia de sí mismo. La marea en el caso de este cuento, refleja las tendencias regresivas del hombre. La nuditas temporalis, desnudez simbólica que significa la carencia de bienes, se conjuga con la nuditas virtualis, la desnudez que expresa la pureza y la inocencia. El viento es una constante en los territorios en que se enmarcan los cuentos de este libro, resignificado como símbolo a lo largo de la producción del autor; es la voz de los antepasados, ofrece quejidos, murmullos, advertencias, además vigila, amenaza, detiene las ambiciones, profetiza; muestra el sentido activo o violento del aire y simbólicamente es la voz que toma el espíritu de la divinidad.

En la presentación en la Casa de la Cultura de Adrogué, el 8 de septiembre de 2006, David Cureses ofreció de esta obra, un minucioso análisis que nos permitimos reproducir fragmentariamente: “Los personajes parecen determinados por su entorno, influenciados por el paisaje en que viven, muchas veces reducidos a su explotación por el hombre, sufriendo las últimas formas de la injusticia que impone una sociedad árida e indiferente y –¿por qué no?– decadente”. “Para familiarizarnos con ese mundo al que el escritor llega después de comprenderlo de una manera apasionada, hay que arrebatar a la realidad determinados núcleos vivos que el escritor, como creador, como espíritu sensible, acredita como algo fascinante, impulsado por su propia temperatura y su pulso literario (elementos indispensables para concretar una idea), convirtiendo ese mundo tan íntimo, tan personal, en un tema curiosamente único”.

En síntesis, este libro constituye un rico cuerpo literario; toda aproximación crítica contribuirá a un conocimiento más profundo del Sur argentino ya que el autor genera una serie de vívidas impresiones sensoriales que se expanden desde los conflictos de los personajes hasta el colectivo comunitario de esa zona del país. En conjunto, los diversos componentes narrativo-descriptivos constituyen la trama de la historia patagónica con el trasfondo de crisis nacional y la indiferencia o abandono de sucesivos gobiernos.

Al reflejar el espíritu de los conflictos esenciales del hombre a través de un conjunto de personalidades en circunstancias dramáticas, insuperables, vidas sin alegría, sin movimientos, dominadas por la rutina permanente, se advierte la responsabilidad del autor por aprehender los dilemas de un espacio geográfico en un determinado tiempo, que puede proyectarse en un ahora. El elemento de cohesión de esta serie de cuentos es la atmósfera que crea, densamente emotiva. Deseos reprimidos, culpas, autocastigos, la realidad de sus personajes no es sólo comprendida por los sucesos objetivos que protagonizan o padecen sino también por su mundo interior: conflictos y tensiones, frustraciones y aislamiento social, trasmitidos por sus monólogos interiores o por símbolos poéticos expresivos como las mareas, los vientos, la sequía, los cercos reales o imaginarios, la ausencia del amor, las añoranzas, las búsquedas del sentido de la vida, el silencio, la muerte.

Según el determinismo, todo acontecer, incluyendo el pensamiento y acciones humanas, está determinado por la relación causa-consecuencia. De ahí que el medio físico determina a las sociedades humanas como colectivo y al hombre como individuo. Fragmentos como: Terco se vuelve uno acá, ¡hay que embromarse! Y no es pa menos, con todo en contra: la tierra siempre enjuta y cansada; la poca agua y la sequía; cuando no las pestes, y encima el viento, que agata si flojea a ratos… Entonces uno se emperra, viendo si alguna vez les gana pa por fin poder decirse: ¡a otra cosa! Esa es la verdá. Y será por el tantito que el campo nos ha venido dando que la terquedá no afloja. (68). O como: Un año bueno y otro malo; a veces, más malos que buenos, como aquél con tantas ovejas muertas por las cenizas, o como éste, por las nevazones, cuando no por los precios, que a la final no compensan el esfuerzo de uno después de curar y campear los piños de acá pa allá durante el año entero (69). Y ¿no será Hijano –presunta contracción de hijo lejano– protagonista de “El abismo” el buscador de “El Gran Silencio” en los confines sureños que adquiere la certeza de que la muerte está en él mismo?

Acerca de esta colección de cuentos, la escritora Amanda Patarca, residente en Arrecifes, escribe: “Como sello del estilo del autor, la idea final suele llegar para aclarar el contenido misterioso…, de la intención no expresada por los personajes durante el transcurrir de los hechos descritos en el texto. Un abrupto o sutil golpe de rienda, al detener el relato, dejando al descubierto y expuesta a la luz esa intención ya perfectamente acabada, pone de manifiesto el dominio literario de este autor inmenso, humano y querible que, sin mediar siquiera un vestigio de duda, impone su marca artística de genuino esplendor.”

También, en su momento, Michou Pourtalé le escribió al autor: “…relatos que nos llevan a la infinitud de una Patagonia veraz, ferviente, osada y a la cual verás con un corazón que conoce los vaivenes históricos. Los personajes se hacen tan vívidos que parecen estar a nuestro lado, hasta diría se respira junto a ellos”.

Finalmente, como en los más logrados cuentos modernos, el lector es llamado a participar, a establecer conexiones entre lo escrito, lo sugerido como implicaturas y lo callado. La esencia de la técnica cuentística de García Cabot es soslayar su omnisciencia como creador, forzándonos a completar, si podemos, su deliberada visión imperfecta; su destreza narrativa coloca trampas que atrapan pero de las que el lector puede liberarse a través de una comprensión estética. Tiene en claro que el cuento es una única situación determinada y nada más, y que su unicidad no permite expandirse en consideraciones psicológicas, opiniones válidas como tácitas respuestas a quienes buscan en los cuentos desplazamientos novelísticos o una sofisticación que se aparta del género.

NOTAS:

Las citas de Desnudo sobre el viento corresponden a la obra editada por Del Dock, 2006 (124 págs.) ISBN 987-559-054-1.

Se citan fragmentariamente, opiniones vertidas por:

Norma Pérez Martín, en Letras de Buenos Aires, Nº 10 (segunda época), noviembre de 2006.

David Cureses, en la presentación del libro en la Casa de la Cultura de Adrogué, el 8 de septiembre de 2006.

Gustavo Aritto, en correo electrónico enviado al autor desde Burzaco, en octubre de 2006.

Michou Pourtalé, en correo electrónico enviado al autor desde Buenos Aires, el 20 de diciembre de 2006.

Amanda Patarca, en correo electrónico enviado al autor desde Arrecifes, en noviembre de 2015.

El presente texto forma parte del ensayo literario de Bertha Bilbao Richter: La literatura de Emil García Cabot. Metáfora de la condición humana. Buenos Aires: ENIGMA. 2016.

Publicado en Critica