SEMBLANZA DEL AUTOR

Cómo y por qué un día alguien se siente inclinado a trabar una estrecha amistad con el Arte, es un venturoso misterio. Lo indudable es que cuando esa afinidad se revela como una obstinada voz demandante, seguramente es en el arcano de las vocaciones donde debemos buscar su potencialidad. Y ante tal desafío, sólo resta hacer migas con alguna de sus propuestas, o a uno parecería ir a volvérsele un definitivo y duro hueso de roer la existencia. En mi caso, fue con la Literatura primero y la Música después, que di ese paso decisivo. Empecé a leer desde muy chico, y lo hice con los buenos libros en boga durante ese temprano período de mi vida y, más adelante, con los más acreditados textos de la literatura universal que llegaban a mis manos ya en plena adolescencia y juventud. Mi seducción por la música, siendo aún niño, tuvo su lacrimosa pero soberana iniciación con una sonata de Beethoven, y se me volvió un mundo a descubrir y frecuentar de tal magnitud que, por cierto, ya nunca pude dejar de desoír sus llamados ni soslayar sus cautivadoras propuestas y emociones. De manera que, convertido este nuevo despertar espiritual en estandarte orientador del desarrollo de mi persona, sólo restaba dejarme ser hasta tener en claro por dónde canalizar semejantes inquietudes para mi mayor goce y provecho. Si el Arte me abría sus puertas, debía transponerlas, y a ojos cerrados pero con mente muy desvelada, para que entregado a la que habría de ser una permanente connivencia, su tutelar disciplina me deparara más y más experiencias reveladoras y exultantes, acoplándose con otras no menos incitadoras, como la del anhelo de viajar, azuzado por un ferviente deseo de conocer países y entrar en contacto con las particularidades de su naturaleza y sus culturas, de las que tanto se sustentan las artes, a la par de abordar aquellos estudios por los que al mismo tiempo me sentía fuertemente llamado: el de la música, por un lado, y, en forma tanto o más persistente y rigurosa como disciplina de integración intelectual, el de la lengua inglesa y su correspondiente literatura, que a su debido tiempo acentuarían mis ansias de cruzar océanos con vistas a estudios de extra muros dentro del campo de la enseñanza. Así que navegué y toqué muchos puertos, pero dado que previamente (pese a ser oriundo de una de las provincias argentinas) había hecho tranzas con nuestra vieja y misteriosa Patagonia, hacia sus vastas tierras encaminé también en varias oportunidades mis pasos, afanado por describirlas conjuntamente con algunas de sus historias y a través de una serie de vivencias ahítas de pasmosas e irremplazables contemplaciones de sus singulares bellezas territoriales. Hoy portan mi nombre una serie de libros que, de un modo u otro, habiendo pasado por lo más hondo de mi interioridad, llevan, como no puede ser de otro modo, la indeleble impronta de los típicos revuelos de toda índole propios de un país en formación, muchos de ellos producto de los perturbadores tejes y manejes de las conflictivas vinculaciones personales, y que, a semejanza de tantos otros escritores, he procurado verter a través de mi propia visión del mundo y los muchas veces desconcertantes destinos del hombre. Quienes me lean, sabrán mucho más de lo que de mí pueda trascender a través de las generalidades de este breve bosquejo. Y lo que de bueno o malo trasunten dichas páginas en el terreno de lo literario y lo humano, no lo atribuyan a otra cosa que al conjunto de aquellos a menudo insondables y dolientes vericuetos de los que indefectiblemente se vale la vida para entregarnos la sin igual y secreta llave de sus intrincadas complejidades.

E.G.C.

 

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